Los niños y los perros, los perros y los niños.

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Cuando Nala llegó a casa no pesaba más de 2 kilos, era todo ojos. Una peludita súper tierna de raza stafforshire bull terrier, staffys, como se conocen vulgarmente, una pequeña perrita que nos robó el corazón nada
mas llegar a nuestras vidas.

No era mi primer perro, pero sí al que más he “humanizado”, quizás porque cuando la adopté ya tenía unos veintitantos y mi reloj biológico empezaba a sonar, o bien, porque llegó en un momento de mi vida en la que su compañía me hacía especialmente feliz, no sé por qué, pero lo que sí sé es que a partir de ese momento se convirtió en mi “hijita” consentida de cuatro patas.

Desde que llegó nos regaló momentos inolvidables, paseos largos llenos de charlas y aprendizaje, nos enseñó que el lenguaje existe a través de la mirada y la expresión corporal y también conocimos, a través de ella, a un montón de gente y amiguitos de cuatro patas con los que compartimos experiencias y atardeceres súper agradables.

Cuando supimos que íbamos a ser papás,  una de nuestras preocupaciones
era hacerlo todo correcto para que no se sintiera desplazada con la llegada del bebé, así que nos empapamos de toda la información disponible. Ella me olía la barrigota cuando empezó a crecer y me daba lametones cuando descansábamos en el sofá, notaba que la familia estaba a punto de sufrir cambios y se iba adaptando a ellos.

Nos acompañó en toda esta aventura, a raíz del nacimiento de May la hicimos partícipe de toda la experiencia, como lo que es, un miembro más de la familia.

La aclimatación empezó unos meses antes de dar a luz a nuestra Guapaza, empecé a utilizar la colonia que le pondría a la bebita para que la fuera identificando, además permitimos que oliera todo lo que íbamos comprando y montando, el carro, la mini cuna, la cuna, la hamaquita, la ropita… todo. Cuando por fin nació mi pequeña, mi marido le llevaba la primera ropita usada por ella y su pañal para que Nala pudiera conocer al bebé antes de su llegada a casa y de esa manera identificara el olor para facilitar que le diera una buena bienvenida.

Uno de los momentos más bonitos fue cuando volvimos del hospital,¡¡estaba contentísima!!, primero me recibió a mi y después le dejamos el capazo en el suelo para que la recibiera a ella, con sumo cuidado la olió y le dio un lametón de lo más suave en su ropita, apreciando lo delicada que era, desde aquel momento supo que rango ocuparía en la estructura jerárquica de la familia, y empezamos a educarlas a las dos, a nuestra peludita para que supiera que había entrado un miembro más en su camada y a nuestra Guapaza a respetarla y tratarla como se merece.

La segunda Guapaza ya entró con el camino andado, ya no empezábamos de cero, os diría que casi fue más complicado que se acostumbrara su hermana mayor, la perra estaba encantada con otra bebé en la familia, ¡¡cuantos más mejor!!

La relación entre ellas es tremendamente buena, tanto, que no perciben a Nala como su mascota, simplemente es Nala ¿cómo va a ser una mascota mamá? se entienden muchísimo, se defienden las tres, se protegen y juegan (Nala menos porque ya está entrando en esa edad en que ya no apetece tanta marcha y ellas tienen muchísima energía, jajaja) hasta comparten la comida con ella y cuando yo no las veo se ponen las botas las tres, lo que nos ha llevado a tener que reducir su cantidad de piensa en más de una ocasión, jajajaja.

¡¡Así que ya sabéis!! con la llegada de un miembro más a la familia, recordad que tanto el bebé como el peludito necesitan pautas de comportamiento para que vivan en armonía y sobre todo, respeto, veréis como conseguís que la vivencia sea maravillosa para todos.

¡¡Feliz semana Guapazos!!

Un abrazo

Noa

 

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